Saturday, February 20, 2021

Tendencia Cíclica de la Economía Mexicana

 Tendencia cíclica de la economía mexicana con indicadores coincidentes y adelantados. En 2020 el índice cayó a niveles de 1998 pero rebotó rápidamente. ¿Qué significa esto y por qué es tan positivo? 

- Las series incorporan información de diversos mercados que permiten anticipar la posible trayectoria de la economía nacional. 

- El indicador coincidente incorpora el PIB trimestral, la actividad industrial, los asegurados del IMSS, las ventas al menudeo y la tasa de desocupación. 

- El indicador adelantado incorpora información financiera y del sector real como el tipo de cambio, el precio del petróleo, el índice de la Bolsa, horas trabajadas en la manufactura, la TIIE y el volumen de producción de la construcción. 

- El rápido rebote del índice (forma de V) en 2020 refleja que esta es una crisis muy diferente pues no se debió a un problema de deuda o devaluación sino al confinamiento. 

- Esta resiliencia debería ser aprovechada por el Gobierno para implementar incentivos fiscales en 2021 para salir más rápido y recuperar los niveles de producción, consumo y empleo en menor tiempo.

- Una política monetaria expansiva como seguir disminuyendo la tasa de fondeo y otorgar más recursos para la banca podría ayudar también a acelerar la salida de la recesión. 

- También abre una enorme oportunidad para los empresarios grandes, medianos y pequeños debido a que tocamos fondo en el segundo y tercer trimestre de 2020 así que lo que siguen son enormes oportunidades para obtener rendimientos crecientes para aquellos que se arriesguen a invertir.

- Para las familias se abre la oportunidad de salir fortalecidos tanto en el empleo como en el auto-empleo, capacitarnos más y aprender a cuidar nuestra salud de forma permanente.

Thursday, February 18, 2021

La Electricidad y los Mercados.

¿Por qué 4.7 millones de personas en el norte de México se quedaron sin electricidad? Por un tema de mercado. Ante el bajón en las temperaturas en Texas, los texanos y luisianos decidieron encender sus calefactores, lo cual provocó un incremento en la demanda de electricidad que a su vez provocó un incremento en los precios del gas natural de hasta 5,000% al pasar este de $3 USD a más de $200 USD por unidad de volumen. 


Ante esto la empresa productiva del Estado, la CFE decide, cómo muchas empresas privadas en EU, no comprar gas a esos precios. No es que “nos cerraron la llave del gas” o que los “ductos están congelados.” México tiene 24 interconexiones de gasoductos con EU que proveen gas natural a precios más competitivos que el nacional. Esto es una decisión racional que ahorra costos en el suministro y por lo tanto en el recibo mensual que pagamos los mexicanos por la electricidad. 


¿Qué hizo la CFE? Actuar lo más rápido posible y enviar gas a las centrales en Chihuahua y Nuevo León, pero esto es temporal y podría implicar el desabasto de gas  en otras regiones del país y por lo tanto apagones intermitentes como ya anunció la CFE.


Así que a sacar los sarapes para calentarnos en caso de que esto continúe porque los mercados no son morales y a ellos no les importa si nos morimos de frío. 


Jimy Cruz.

Sunday, February 14, 2021

La Conquista de la Felicidad


Es realmente extraño encontrar personajes tan ricos como Bertrand Russel. Matemático, filósofo analítico, lógico, escritor que ganó el premio Nobel de literatura y además fue un gran activista social. Tuvo una vida extensa, vivió de 1872 a 1970 y al parecer fue amante de los matrimonios ya que se casó en cuatro ocasiones. Lo menos relevante es su alta alcurnia, aunque quizá de ahí rescataría que no importa dónde o en qué status hayas nacido, el hombre es producto de su propia voluntad. Es decir, nos hacemos constantemente a nosotros mismos. Tuvo una vida tan extensa como intensa y sus libros de historia de la filosofía deberían de ser lectura obligada para todo profesional que pise un campus preparatorio y/o universitario. 


Hay muchos pasajes de este libro que me cautivaron, solo cito un par: ‘Un hombre puede sentirse tan completamente frustrado que no busca ningún tipo de satisfacción, solo distracción y olvido. Se convierte entonces en un devoto del <placer>. Es decir, pretende hacer soportable la vida volviéndose menos vivo. La embriaguez por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad’ (fin de la cita). 


Russel, afirma también en otra parte del libro que en efecto, sería ideal trabajar por una sociedad más justa y pugnar por una mejor distribución de la riqueza, pero al mismo tiempo concluye ese pasaje preguntándose y afirmando: ¿De qué serviría hacer a todos los hombres ricos si los ricos también son desgraciados? 


Hubiera querido escribir una mejor reseña de este libro, pero ante tal imposibilidad citaré aquí textualmente el prólogo que ha escrito Fernando Savater para la edición en español y misma que ha intitulado: “Una lección de sentido común.”


[Russel, Bertrand, “La conquista de la felicidad” Debolsillo, México, 2018]


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Una lección de sentido común. 


No sé —nadie puede saber, creo yo—si en el siglo XX la gente ha sido más feliz o menos que en otras épocas. No hay estadísticas fiables de la dicha (v. gr.: ¿nos hace más felices la televisión o el fax?) y aunque los mucho mejor acreditados índices del infortunio —guerras con armas de exterminio masivo contra la población civil, matanzas raciales, campos de concentración, totalitarismo policial, etc.—resultan francamente adversos, no me atrevería a sacar una conclusión de alcance general. Se dice que el siglo ha sido cruel, pero repasando la historia no encontramos ninguno decididamente tierno. Parafraseando a Tolstói (quien a su vez quizá se inspiró en una observación de Hegel) deberíamos atrevernos a afirmar que los siglos felices no pertenecen a la historia pero que cada una de las centurias desdichadas que conocemos ha tenido su propia forma de infelicidad... Lo que sí podemos asegurar es que los grandes pensadores de los últimos cien años no han destacado precisamente por su visión optimista de la vida. Tanto el nazi Heidegger como el gauchiste Sartre compartían un ideario existencial marcado por la angustia, cuando no por el agobio: el hombre es un ser-para-la-muerte, una pasión inútil. La noción de felicidad les parecía —a ellos y a tantos otros—un término trivial, tramposo, inasible. Querer ser feliz es uno de tantos espejismos propios de la sociedad de consumo, un tópico ingenuo de canción ligera, el rasgo complaciente que degrada el final de muchas películas americanas, en una palabra: una auténtica horterada. Y solo hay algo más hortera o más vacuo que querer llegar a ser feliz: dar consejos sobre cómo conseguirlo. Cuanto más desengañado de la felicidad se encuentre un filósofo contemporáneo, más podrá presumir de perspicacia: la energía que ponga en desanimar a los ingenuos cuando acudan a él pidiendo indicaciones sobre cómo disfrutar de la vida servirá para establecer ante los doctos su calibre intelectual. Y sin embargo ¿acaso no es la pregunta acerca de cómo vivir mejor la primera y última de la filosofía, la única que en su inexactitud y en su ilusión nunca podrá reducirse a una teoría estrictamente científica?


El modernísimo Nietzsche aseguró en su Genealogía de la moral que lo de querer a toda costa ser felices es dolencia que solo aqueja a unos cuantos pensadores ingleses. Se refería probablemente, entre otros, a John Stuart Mill, quien fue precisamente el padrino de Bertrand Russell. Y hace falta sin duda ser heredero de todo el sabio candor y el desenfado pragmático anglosajón para escribir tranquilamente como Russell sobre la conquista de la felicidad, esa plaza que según algunos no merece la pena intentar asaltar y según los más ni siquiera existe. Claro que esta empresa tan ambiciosa debe comenzar paradójicamente por un acto de humildad y es más, por un acto de humildad que contradice frente a frente una de las actitudes espirituales más comunes en nuestra época, la de considerar la desventura interesante en grado sumo. Como dice Russell, «las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello». Este es el primer obstáculo a vencer si uno pretende intentar ser feliz, dejar de intentar a toda costa ser «interesante». Por supuesto, Russell no ignora que muchas de las causas que pueden acarrear nuestra desdicha escapan a nuestro control individual: guerras, enfermedades, accidentes, situaciones inicuas de explotación económica, tiranías... En otros de sus libros se ocupó de las que son menos azarosas y de los caminos a veces revolucionarios que han de seguir las sociedades para librarse de tales amenazas. La principal de sus propuestas pacifistas, constituir una especie de Estado Mundial que impidiese las guerras entre naciones y procurase el bien común de la humanidad, sigue siendo la gran asignatura pendiente de la política en los albores del siglo XXI. Pero en este libro se dirige a un público diferente. Supone un lector con razonable buena salud, con un trabajo no esclavizador que le permite ganarse la vida sin atroces agobios, que vive en un país donde está vigente un régimen político democrático y a quien no afecta personalmente ningún accidente fatal. Es decir, aquí Russell escribe para privilegiados que no luchan por su mera supervivencia, que disfrutan de una existencia soportable pero que quisieran que fuese realmente satisfactoria... o para aquellos, aún más frecuentes, empeñados en hacerse insoportable a sí mismos una vida que objetivamente no tendría por qué serlo. Como la obra fue escrita en el período de entreguerras, a comienzos de los años treinta (la época en que Bertrand Russell gozaba de su máxima influencia como pensador social pero todavía sulfurosa y teñida de escándalo pues aún no se había convertido en el venerado patriarca del inconformismo inconformismo que luego llegó a ser), los «hombres modernos» a los que se dirige somos y no somos ya nosotros. En ciertos aspectos ese mundo es como el nuestro y hasta encontramos perspicaces profecías, por ejemplo, referidas a la natalidad en Occidente: «Dentro de pocos años, las naciones occidentales en conjunto verán disminuir sus poblaciones, a menos que las repongan con inmigrantes de zonas menos civilizadas». Pero ni siquiera alguien tan clarividente como Russell, preocupado como estaba por la condición de la mujer, es capaz de calibrar del todo el vuelco familiar y laboral que habría de suponer la emancipación femenina ya en curso; ni tampoco puede medir el papel que los audiovisuales comercializados debían llegar a desempeñar pocos años después, lo cual le permite afirmaciones que a un español de hoy le resultan dolorosamente anticuadas: «El que disfruta con la lectura es aún más superior que el que no, porque hay más oportunidades de leer que de ver fútbol». En algunos pasajes me parece que es pudorosamente autobiográfico, como cuando en el capítulo «Cariño» retrata al niño carente de calidez paternal (él se quedó huérfano de padre y madre muy pronto, siendo criado por su rigorista abuela) que busca crearse intelectualmente un mundo seguro de certezas filosóficas que le ampare ante la vorágine inmisericorde de la realidad... Aunque Russell es un crítico exigente de la sociedad industrial contemporánea, en modo alguno consiente en idealizar supuestos paraísos rurales y artesanos del ayer. A diferencia de esos denostadores de la «trivialidad» de las diversiones audiovisuales modernas —los cuales parecen suponer que antes de inventarse la televisión todo el mundo pasaba su tiempo leyendo a Shakespeare, reflexionando sobre Platón o interpretando a Mozart—Russell subraya el enorme tedio que debía de planear sobre las sociedades anteriores al maquinismo y sus entretenimientos. En realidad, el aburrimiento siempre ha sido la verdadera maldición de la humanidad, de la que provienen la mayor parte de nuestras fechorías. Las sociedades preindustriales agrícolas debían de ser inmensamente tediosas (Russell insinúa, a mi juicio con poco fundamento, que los miembros masculinos de las tribus de cazadores lo pasaban bastante bien) pero gracias a la superstición religiosa rentabilizaban mejor el aburrimiento. En cambio hoy «nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo de aburrir-nos». Y ese es en efecto nuestro problema: no hay nada más desesperadamente aburrido que el temor constante a aburrirse, la obligación de hallar diversiones externas.


Salvo un puñado de personas creativas —sobre todo científicos, artistas y gente humanitaria que convierte la compasión en tarea absorbente—al resto de la humanidad no le queda más remedio que fastidiar al prójimo, morirse de fastidio... o comprar algo. En fin, esperemos que internet alivie un poco los peores efectos de nuestra trágica condición. Nunca ha estado del todo claro si el secreto de la felicidad consiste en no ser completamente imbécil o en serlo. Como casi todos los ilustrados occidentales (en Oriente se da mayor diversidad de opiniones al respecto), Bertrand Russell opta decididamente por la primera alternativa. Para ser razonablemente feliz hay que pensar de modo adecuado, no dejar completamente de pensar; hay que actuar correcta, inventiva y si es posible desinteresadamente, no dejar del todo de actuar, etc. Bueno, no le falta del todo razón: probablemente usted y yo, lector, podamos sacar más provecho de sus indicaciones llenas de sentido común que de las de algún místico renunciativo inspirado por Lao Tse o Buda (incluso si es un budismo more californiano a lo Richard Gere). Algunas desventuras podremos evitar atendiendo sus consejos, sin necesidad de cambiar demasiado radicalmente nuestro modo de vida. En cuanto a conquistar la felicidad, la felicidad propiamente dicha... sobre eso yo no me haría demasiadas ilusiones.


 Fernando Savater. 


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Monday, June 8, 2020

Sopa de Letras


Es un hecho tan inusitado como inevitable que la crisis económica de 2020 golpeará a más de ciento setenta países en el mundo, también que será la debacle más profunda en casi un siglo, pero ésta crisis es muy diferente a las anteriores tanto en su origen como en la forma de su recuperación. A diferencia de las crisis que nos azotaron en el pasado, particularmente en la década de los ochenta, 1995 y 2009, cuya naturaleza se debió a un ajuste drástico precedido por periodos prolongados de crecimiento, deuda y especulación financiera, la de 2020 es una crisis inducida por el confinamiento derivado de la pandemia. En éste sentido podríamos decir que las crisis anteriores fueron del sistema o de origen interno, mientras que la actual deriva de un choque externo que surgió en el ámbito de la biología.  De ahí que al COVID-19 se le denomine el gran cisne negro de nuestro tiempo, no sólo por la rareza y magnitud sino por lo imprevisto e incuantificable del suceso.

Estamos viendo entonces en 2020 una crisis derivada de la expectativa que se forman los agentes económicos, a saber las empresas, familias y Gobierno, sobre la abrupta caída en la demanda agregada global. Ello explica en parte la turbulencia que hemos observado desde febrero pasado en los mercados financieros, de monedas  y en los commodities por el fligth to quality que es la estampida de los inversionistas desde países emergentes hacia activos más seguros en mercados desarrollados. Tanto las acciones y bonos de las empresas, como las divisas y los productos estandarizados se comportan de una forma tan elemental como el mercado de los tomates. A mayor demanda de un producto, sube su precio y a menor demanda el precio baja. Por ello el petróleo cayó en abril a niveles históricos pero el dólar se apreció, lo que se tradujo en la devaluación de otras divisas, entre ellas el peso mexicano y casi todas las monedas de los mercados emergentes.

Dada entonces la expectativa de que el producto interno bruto caerá éste año en el mundo alrededor de 3%, en América Latina más de 5% y en el caso particular de México más de 7% ahora algunos economistas se preguntan cómo y cuándo llegará la recuperación. El consenso general apunta a que el trimestre de abril a junio de 2020 será el de mayor caída en la historia de la economía moderna, por lo que cualquier caída menor después de julio será entendida como una “recuperación” y aquí es justamente donde empieza a cocinarse la sopa de letras. 

Algunos estiman que la recuperación será en forma de “V” lo que nos llevaría a creer que después de la caída abrupta y acelerada seguiría un rebote de la economía en el mismo sentido y velocidad. Hoy la mayoría de los economistas tenderían a pensar que ese escenario es cada vez más remoto dada la profundidad de la recesión y el consecuente choque en los agentes económicos. Por ello ha surgido la idea de que la recuperación tendrá forma de “U” lo que implicaría que después de la caída vamos a permanecer varios trimestres en recesión antes de que la curva de crecimiento vuelva a tomar una forma ascendente.

El gran problema de la U es que con independencia de lo prolongada que pueda ser la recesión muchos ecónomos dudan que la recuperación sea tan rápida y acelerada como la curva ascendente que la sucede.  Es por lo anterior que algunos expertos parecen sugerir que la recuperación tendrá forma de paloma  como aquellas que utilizan los maestros para calificar las tareas. Los argumentos que ayudan a fortalecer la tesis de que la recuperación será un poco más lenta pero sostenida se fundan en el hecho de que pasará algún tiempo antes de que los agentes económicos se adapten a la nueva realidad, los consumidores vuelvan a tener confianza en el sistema de generación de valor y que pase el riesgo biológico que implica el hecho de volver a salir a las calles de nuestras ciudades, viajar a otros países o trasladarnos nuevamente a otras regiones del mundo.

Hay quienes han aventurado formas más complicadas para salir de la crisis como una “W” lo cual sucedería si tenemos una caída y una recuperación aceleradas sucedida por otra caída y recuperación de la misma magnitud. Dicho escenario podría verificarse en caso de un rebrote después de que se haya abierto y recuperado la economía, lo que en la práctica implicaría tener dos crisis seguidas de magnitud impredecible. Finalmente, hay quienes han llegado a proponer un escenario de “doble U” lo cual anticiparía dos caídas y dos recuperaciones juntas pero más prolongadas en el tiempo. Sin lugar a dudas este sería el escenario más catastrófico.

Cualquiera que sea la forma de la recuperación económica todo parece indicar que pasaremos de una sociedad del riesgo a otra más orientada por el miedo. Ha dicho Nassim Taleb, autor de la famosa teoría del cisne negro, que la economía forma parte de esas disciplinas en las que con el paso del tiempo se es cada vez menos experto, por lo tanto, quizá sea más prudente seguir jugando a cocinar una sencilla sopa de letras antes que aventurar un pronóstico certero.


Autor: Jimy Cruz Camacho. 

Economista. Es consultor de empresas y de Gobierno.

Guadalajara Jalisco a 16 de junio de 2020




Monday, April 20, 2020

El Águila y el Dromedario

Dos gráficas ayudan a entender lo que pasó con el precio de petróleo éste lunes negro. En la primera se ve el desplome histórico de la demanda de petróleo, sin un ajuste equivalente en la oferta. En la segunda el monto inusitado de los inventarios que saturó la capacidad de almacenaje, explicó José Antonio Meade, quien fue Secretario de Hacienda de México.

Lo anterior quiere decir que prácticamente no se venderán barriles de petróleo en mayo y junio ya que los contratos son a futuro. Si las petroleras deciden no cerrar contratos, ese precio irá rebotando poco a poco. Por lo tanto es, hasta cierto punto, un precio teórico.

Aquellos que compraron futuros, por ejemplo hace un año,  con entrega a 360 días a $50 USD por barril, que era lo razonable en ese momento, hoy están perdiendo millones de dólares por el precio en el mercado de referencia.  Así que empresas ligadas a la cadena de suministro del petróleo (casi todas) seguirán borrando dinero y con ello generado menos utilidades, menos inversión y menos empleo. Se anticipa así un panorama aún más difícil para el mundo empresarial, pero también para las familias y los gobiernos.

Para las petroleras de Latinoamerica, las finanzas públicas y los habitantes de la región estas son muy malas noticias porque las paraestatales son en varios casos el contribuyente más grande del país, destacando los casos de México, Colombia, Venezuela y Ecuador. Entonces si ya teníamos un presupuesto limitado, ahora no sólo las empresas del Estado sino los gobiernos y con ello el presupuesto estarán bajo un elevado estrés  financiero. Habrá menos dinero para el gasto y la inversión de gobierno, por lo que éste tendrá que buscarse con mayor recaudación o con mayor deuda o con ambas. Otra alternativa nada prometedora es que los gobiernos tengan que reducir el gasto.

Al parecer Arabia Saudita no solo acaparó los mercados asiáticos donde México vendía 400 mil barriles en los ultimos dias, ahora también, le venderá petróleo a Estados Unidos en desplazamiento del crudo mexicano. La estrategia de Arabia es echar a Mexico del mercado como en 1982, dijo hoy Liebano Saenz. Si esa teoría es cierta, el daño colateral será para todo el petróleo de la región.

Lo que está sucediendo es que el mercado (y los árabes en particular) percibieron que los almacenes de petróleo están a tope. Por lo tanto ya no hay donde almacenarlo, con esa situación sale más barato pagar porque se lo lleven para continuar la producción. Esa es la lectura del precio negativo. La lección,  es muy riesgoso meterse con los árabes. Recientemente México se negó a reducir su producción en 400 mil barriles y sólo aportó una reducción de 100 mil barriles diarios. Tocaría ahora negociar con los árabes pero en serio. ¿Cuánto puede durar está guerra de precios? Cuando estás hablando de los poseedores de - literalmente - casi todo el petróleo del planeta, mucho tiempo.

¿Qué opciones tenemos? Una de ellas sería parar la producción, lo cual es muy difícil ya que en nuestro contexto se convierte en una decisión de oferta, que conlleva muchas otras decisiones implícitas, entre otras de política fiscal, laboral, contractual, económica, financiera, de riesgos, de seguridad y soberanía nacional, de deuda, decisiones del ámbito político y hasta del ideológico.

En el caso concreto de México algunos dicen que tenemos coberturas que nos protegen contra la caída del precio del petróleo. Eso es un misterio. No es información pública pero se especula que la cobertura abarca un porcentaje muy bajo de la producción que rondaría entre 12 y 15%.

Por otro lado, la caída en el precio del petróleo podría ser favorable para los países importadores, Costa Rica entre ellos. ¿Los países petroleros de la región deberían refinar más? Hoy es mejor que no refinemos todo nuestro petróleo porque tendríamos pérdidas mayores. Cuando el petróleo está en el basurero, toda la cadena de suministro que le sigue también lo estará.

Jimy Cruz
Guadalajara, Jalisco a 20 de abril de 2020.


Monday, April 6, 2020

El Graznido del Cuervo


Jimy Cruz*

Cuatro bloques necesitamos para entender la producción, el indicador estrella de toda economía. Tres serían la inversión, el consumo y el balance de las exportaciones menos las importaciones. Las familias consumen, las empresas invierten y comercian con el exterior. El cuarto bloque es el Estado que cobra impuestos a empresas y familias, tanto por sus utilidades como por el consumo. Lo recaudado, más cierta deuda, se traduce en gasto corriente e inversión - escuelas, hospitales, carreteras – y para ejercer el monopolio de la violencia, atributo exclusivo del Estado. 

Ahora imaginemos al sistema como una carreta. Los caballos son el consumo y la inversión, el cochero las familias. Sentados en el interior van el Estado y los grandes dueños del capital. La carreta avanza mientras los capitalistas pagan sueldos a las familias. Los caballos se alimentan de los tres agentes, el cochero, el Estado y los empresarios puesto que todos consumen o invierten, elementos que explican la dinámica del sistema. El consumo representa al trabajo y la inversión al capital según la dialéctica propuesta por Karl Marx.

Un gran hoyo en el camino es, según la analogía utilizada, la gran crisis que hoy tenemos frente a nosotros. No se puede culpar de ella al Gobierno, ni al capital y mucho menos a las familias. Karl Marx y Henry Thoreau nos podrían ayudar a entender la situación. El cochero vive concentrado en su trabajo, conducir la carreta y alimentar a los caballos es su labor. Su afán, recibir el dinero con la frecuencia necesaria para mantener a su familia. Mientras avanza escucha el graznido de los cuervos, el canto le proporciona alivio, por momentos olvida lo desdichada que es su existencia en una carreta que no es de su propiedad y que no sabe a dónde se dirige.

Al atardecer cuando en el horizonte se vislumbran los últimos rayos del sol y se anticipa la oscuridad de la noche, llegan aún más cuervos. El sonido de estos le parece tan revitalizador que sueña con un amanecer donde ya no tendrá que trabajar ni sufrir. Un paraíso lleno de felicidad y plenitud. Le aconsejan entregar abnegadamente  su trabajo al capitalista. En el pasado ha querido revelarse pero lo someten las órdenes del Gobierno, quien además le extrae un porcentaje de sus ingresos. Lo aborrece pero hace mucho tiempo firmó un contrato que lo obliga a obedecer en nombre del bien común. También le teme pues el Estado no dudará en utilizar la fuerza para someterlo.

Ante el gran hueco en el camino, el capitalista le exige al Gobierno que acuda en su rescate, hay que repararlo de inmediato, es imperativo pues la carreta debe avanzar. El Gobierno no cuenta con recursos suficientes para hacerlo, los impuestos son limitados y le recuerda que en los últimos años tuvo que adelgazar por las severas dietas impuestas, esas que han llamado políticas de estabilización fiscal. Después de un breve jaloneo, capitalistas y Estado, quienes tradicionalmente se han puesto de acuerdo, estipulan que éste utilice los impuestos más cierta deuda para reparar el camino y de ser necesario sea el cochero quien descienda y mueva la carreta. 

En sueños el cochero escucha el canto de otro cuervo. Este un poco más pragmático, revélate le dice. No pagues tus impuestos a un Estado que no procura tu interés. Tendrás que pagar la deuda para reparar el camino. Además no te has percatado, pero mientras avanza la carreta el único interés del Estado es someter nuevos territorios donde viven personas como tú, pero más pobres y necesitadas, débiles. Tú recibes un sueldo pero hay muchas personas que son propiedad de otras. Es la institución más aberrante en la naturaleza humana, se llama esclavitud y millones habitan en ella aún sin saberlo. Con tus impuestos pagas guerras injustas que propagan el régimen de explotación al  que tú mismo estás sometido.

Henry Thoreau, filósofo norteamericano del siglo XIX escribió un ensayo radical alentando la desobediencia civil y no pagar tributos al Estado opresor. Thoreau, se sorprendería al escuchar economistas que invocan políticas basadas en la Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero obra del inglés John M. Keynes para rescatar al sistema, toda vez que dicho gasto y deuda lo pagará el pueblo con más impuestos e inflación.

El Estado y los capitalistas contratan aves que con su trino desorientan y distraen al laborioso conductor. Son las redes sociales y los medios de comunicación. Temen que el cochero finalmente se entere que trabaja para beneficio del capitalista, paga impuestos a un Estado opresor al que además obedece ciegamente, vive profundamente concentrado en recibir su sueldo y encantado por los cuervos que le ofrecen consuelo y felicidad en un paraíso incierto. Temen a la verdad revelada por el filósofo de Tréveris, a saber, la alienación por el dinero, el Estado burgués y la religión.

Hoy ante la crisis el graznido de los cuervos es cada vez más fuerte  y confunde. Debemos ser precavidos. La carreta podría descarrilarse y acabar con el cochero, el Estado y los capitalistas. Pocas veces el sistema ha estado ante semejante riesgo.

Guadalajara Jalisco a 6 de abril de 2020.

*Jimy Cruz es economista por la Universidad Autónoma Metropolitana. Cuenta con estudios de valuación de negocios por la London School of Economics and Political Science y concluyó la Maestría en Filosofía por el ITESO Universidad Jesuita de Guadalajara. Se desempeña como asesor de empresas y de Gobierno. 

Saturday, March 28, 2020

El Gran Cisne Keynesiano


En el sistema capitalista el empresario toma riesgos y las familias también. La repentina aparición del coronavirus y su declaración como pandemia por la Organización Mundial de la  Salud, seguido de la caída en las Bolsas y el desplome del precio del petróleo, hechos que anticipan un descenso en la demanda agregada global; es un gran cisne negro, un evento impredecible e incuantificable como lo describió Nassim Nicholas Taleb en su libro del mismo nombre. Esta situación nos tomó por sorpresa tanto a analistas como a Gobiernos y empresas grandes, medianas o pequeñas en una escala verdaderamente global.

Hoy nos enfrentamos a una nueva realidad económica. El Gobierno, pregonan muchos economistas, debe instrumentar una política fiscal expansiva para fomentar el crecimiento con inflación controlada. Se anticipa así el retorno de una teoría y práctica económica inspirada en John M. Keynes, el economista británico que pensó cómo sacar al mundo después de la recesión de 1929.

Se propone que el Gobierno debe actuar como comprador de útima instancia sustituyendo así la demanda de aquellos bienes y servicios que hoy los agentes han dejado de adquirir, especialmente en sectores como el transporte y el turismo, entre otros, invertir en grandes obras de infraestructura pública, posponer el pago de impuestos, otorgar préstamos a sectores dañados por la pandemia, asegurar un ingreso universal a las familias y otra serie de medidas que se resumen en una política fiscal expansiva.

Todo lo anterior suena razonable en la teoría pero latinoamérica y todos los países en desarrollo tienen serias restricciones para hacerlo debido al estancamiento estructural en las finanzas públicas que limitan los recursos disponibles. Llevamos más de 20 años en la disciplina fiscal y los inversionistas globales así como los grandes grupos nacionales y multinacionales cosecharon los beneficios de la estabilidad macroeconómica. Como en economía no hay absolutamente nada gratis, un giro de timón en éste momento significa que el incremento en el gasto de Gobierno se tenga que pagar mañana con más impuestos o con inflación. En ambos casos el escenario podría ser poco alentador para las clases medias y bajas.

Es pertinente recordar que en México y muchos paises del subcontinente quedaron pendientes los cambios necesarios y urgentes en materia de recaudación, crecimiento interno, justicia tributaria y geoestrategia internacional. En México en tres sexenios del 2000 al 2018 perdimos peso, respeto y legitimidad internacional así como capacidad de maniobra en las negociaciones con las potencias globales. En comparación con nuestros competidores emergentes como Brasil, Rusia, India y China nos hemos quedado rezagados y sin posiblidad de crear y utilizar fondos suficientes en un Banco de Desarrollo alterno a instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

Resulta por ello sorprendente que los pregoneros del libre mercado hoy pidan la intervención inmediata del Gobierno en la economía. Las políticas neoliberales y de estabilización fiscal desmantelaron al Estado y la disciplina presupuestaria imperante le otorga un margen limitado al Gobierno para actuar con la rápidez que exigen circunstancias tan adversas. Resulta obvio que necesitamos una política fiscal activa capaz de implementar medidas anticíclicas, sería necedad no reconocerlo, pero dificilmente se podrá con el actual modelo económico mismo que por años toleró la evasión, la elusion y hasta la defraudación fiscal con la merma correspondiente al tesoro público.

Muchas naciones del continente lationoamericano no recaudan lo que deberían. Tan sólo en México hacen falta 16 puntos porcentuales del PIB para estar en el promedio de los países miembros de la Organización para la Coorperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Eso es una cantidad ingente de recursos que hoy lamentablemente no tenemos. 

El gasto de gobierno no genera riqueza. El capital, el trabajo, los recursos materiales y especialmente el conocimiento son los únicos generadores de valor en la economía actual y sólo tenemos abundancia relativa en algunos. En México y América Latina nuestra ventaja se concentra en el trabajo representado por mano de obra, materias primas como los metales y el petróleo. También somos privilegiados en destinos turísticos.

¿Que necesitamos para crecer? Bien nos haría combatir los monopolios públicos y privados que le restan competitividad y crecimiento a la economía. La OCDE calculó que sólo el monopolio de telefonía, celular e internet le representó una pérdida de bienestar a la economía mexicana entre 2005 y 2009 por $129,200 millones de dólares, es decir, 1.8% del PIB. Sería ideal migrar a una economía del conocimiento que fomente la ciencia y la tecnología. Siendo el trabajo nuestro recurso más abundante para crecer debemos incrementar constantemente la productividad con mayor capacitación, educación y salud. Deberíamos incentivar el consumo, la industrialización y el crecimiento interno, lo cual implica una revisión verdadera, no retórica, al modelo de Estado que aún nos rige. Finalmente es indispensable fortalecer al Estado para que imparta  justicia, regule y dismunuya los monopolios y procure tanto la vida como el bienenstar de sus habitantes, ideas que estaban en el centro del pensamiento de Adam Smith.

Resulta entonces paradójico que se pregone hoy con insistencia la socialización de las pérdidas y mañana, en la bonanza, la privatización de las ganancias. Como bien decía John Kennet Galbraith, cuando un economista habla, hay que ver quién le paga. Muchos de esos economistas que hoy pugnan con insistencia por el regreso del estatismo están en la nómina de los grandes potentados e inversionistas globales. Sus exigencias quedan bajo sospecha por imparciales y profundamente dogmáticas. 

Jimy Cruz Camacho. 
Guadalajara, Jalisco a 28 de marzo de 2020.