Autor: André Comte-Sponville
Los niños son unas víctimas ideales: más débiles que nosotros, más ingenuos, y sin posibilidad, muy a menudo, de defenderse. Hay pues que protegerlos, contra la violencia, la necedad o la obscenidad de los adultos, contra los padres verdugos o inconscientes, contra los pedófilos, los sádicos, los perversos… Si el sufrimiento de los niños es el mayor mal, como demuestra Marcel Conche, protegerlos es el primer deber, y el más urgente. Horror absoluto: deber absoluto. Protegerlos, pues, contra los adultos. La policía sirve para esto, y la moral también, quizá. Pero protegerlos, igualmente, contra ellos mismos, y a unos de otros. Los dos crímenes de Liverpool y de Vitry, por diferentes que sean, tienen en común recordarnos esta evidencia. Los niños forman parte de la humanidad, para lo mejor, es cierto, pero también para lo peor. Ni ángeles ni bestias, pero más próximos no obstante a las bestias, y más cuanto más jóvenes son. Nuestra época, de tanto amar a los niños, tiende a olvidarlo. «Esta edad no tiene piedad», decía La Fontaine. Pero ¿quién lee todavía a La Fontaine? «Era niño —escribe Víctor Hugo—, era pequeño, era cruel…» Pero ¿quién lee todavía a Víctor Hugo? He visto al padre de una de esas pequeñas víctimas en televisión, hundido, manifestar su sorpresa por el hecho de que el asesino sea tan joven —¡ diez años!—, y reconocer que eso cortocircuita de alguna manera su odio. ¿Cómo odiar del todo a un niño? Ese sentimiento es hermoso. Contra los asesinos, el primer movimiento es de ira, de aborrecimiento, de venganza. Pero con los niños es de perdón. Los dos movimientos chocan aquí, y se temperan. ¿Cómo odiar a un niño? ¿Cómo no odiar al asesino de tu hijo? Y el hombre lloraba por su vida destrozada, por su hijo perdido, por la imposibilidad de odiar o de perdonar realmente… Éramos unos cuantos millones, ante nuestros televisores, un poco incómodos por estar ahí, hasta tal punto la escena era a la vez íntima y atroz, pero fascinados no obstante por la desgracia, como hacemos casi siempre, oscilando entre la angustia (¿ y si esto me ocurriera a mí?) y la compasión… La humanidad comulga con el dolor mucho más que con la felicidad. Sería preferible que fuera a la inversa.
Aunque eso vale más que no comulgar con nada. ¿Quién no envidia a los afortunados? ¿Quién no se compadece de los desgraciados? Pero volvamos a la sorpresa de este hombre por lo que se refiere a la edad del homicida. Un asesino adulto le habría parecido más normal o menos incomprensible. De los adultos, hemos aprendido a desconfiar. Pero ¿de los niños? ¿Qué les aleja de lo peor? ¿Su dulzura, o su debilidad? ¿Su benevolencia, o nuestra vigilancia? Para verlo, probad de repartir unos puñales en una clase de maternal… O mirad a esos chavales norteamericanos que se matan unos a otros, desde hace años, en sus míseros extrarradios… Los niños no son mejores que nosotros, ni menos egoístas, ni menos violentos. Son simplemente menos fuertes, menos armados, menos peligrosos. ¿Pesimismo? No lo creo en absoluto. El pesimismo sería, al contrario, pensar que un niño siempre vale más que un adulto, lo que nos condenaría a todos, inevitablemente, a no sé qué degradación o perversión progresivas… Es más bien lo inverso lo que me parece verdad. El recién nacido es un pequeño animal, sin más ley que el egoísmo. Por ello se le perdona todo. Por ello se le educa. «No matarás.» Esto no está inscrito en ningún gen; está escrito en un libro, o en varios. Los libros son mejores maestros que los cromosomas. Si debemos proteger a los niños, y claro está que debemos hacerlo, no es pues, como creemos demasiado a menudo, porque sean mejores que nosotros, más puros, más dulces, más generosos… Acabemos con esas necias cursilerías. Solamente son ilusiones peligrosas. Si los niños fueran mejores que los adultos, ¿por qué nos tomaríamos la molestia de educarlos, de transmitirles esos valores que ignoran, cuando nacen, que son los del mundo adulto, del mundo humano, y las únicas murallas que nos protegen —y les protegen—de lo peor? Mirad a la madre. Mirad al niño. Y decidme cuál, humanamente, moralmente, es la más bella, la más conmovedora, la más admirable. ¿Qué hay de más sacrificado, salvo excepciones, que una madre? ¿Qué más afectuoso? ¿Qué más paciente? ¿Qué más dulce? ¿Qué más solícito? ¿Y qué hay de más egoísta, a la inversa, que un niño muy pequeño? ¿Qué más impaciente? ¿Qué más iracundo? ¿Qué más violento (los niños, sobre todo) si pudiera? No es culpa suya. Tampoco nuestra. ¿Qué podemos reprocharle a un pequeño animal? ¿Y qué otra cosa somos nosotros, cuando nacemos?
Que este animal pertenezca a la especie humana es un dato probado, son suficientes los genes. Pero ¿serían suficientes para ser humano? Este pequeño Homo sapiens sólo se volverá realmente humano, en el sentido normativo del término, mediante la educación. La herencia no lo es todo, ni es lo esencial. Los padres adoptivos lo saben muy bien. Los docentes lo saben muy bien. La humanidad no es sólo un hecho biológico. Es también un valor, es también una virtud, que se adquiere solamente poco a poco. La hominización que se transmite por herencia y por la que pertenecemos a la especie, no es suficiente; falta todavía la humanización, que se transmite por la familia, por la escuela, por la sociedad, y por la que pertenecemos a la civilización. La naturaleza sin la cultura es siempre salvajismo. La humanidad, como valor, es el resultado de un proceso: uno no nace humano, se vuelve humano. Así pues, el niño sólo es, de entrada, un pequeño salvaje, como decía Diderot, y seríamos tan necios de reprochárselo como de olvidarlo. Acordémonos de El sobrino de Rameau: «Si el pequeño salvaje quedara abandonado a sí mismo, conservara toda su imbecilidad y uniera a la poca razón del niño recién nacido la violencia de las pasiones del hombre de 30 años, le retorcería el cuello a su padre y se acostaría con su madre». Pensamos en Freud, y tenemos razón. Él tampoco se hacía demasiadas ilusiones respecto a los niños. «Perversos polimorfos», decía, lo que no era una condena sino una constatación. El amor se aprende, el respeto se aprende, la dulzura se aprende, incluso la normalidad (para el hombre, que tiene más pulsiones que instintos) se aprende. Se trata de volverse humano. Ese devenir es la infancia, el más bello milagro del espíritu quizás, y la condición para todos los demás. La violencia de los niños no es una aberración, una monstruosidad, una excepción. Es la regla de la naturaleza, de la vida, de la pulsión, de la que no se sale más que con otra regla: la de la dulzura y el respeto. Pero ésta nunca viene dada al nacer. Es cultura contra naturaleza: civilización contra barbarie. Hace falta además que la familia, la escuela y la sociedad estén dispuestas a transmitir al niño ese deseo de humanidad, que es el único que le hará crecer verdaderamente. Sin ese deseo sólo existe la bestia humana, la peor de todas. Y unos brutos desgraciados de 10 años que se encarnizan con su víctima y, sin saberlo, pobres niños, consigo mismos.
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